Un mal día lo tiene cualquiera

“Un mal día lo tiene cualquiera”

Estaba hasta los huevos de su cara de cerdo. De sus aires de chulo de putas, de malote del barrio, de capo carcelario, de gallito de corral y de nuevo rico que medra, como siempre se medra, a base de machacar a los de siempre.

Era el amo, como tantos otros, el que decidía si seguía contratado o se iba a la puta calle, el que decía si tenía vacaciones o no, el dueño de su trabajo, de su tiempo, de su futuro y su vida. Un cacique que vendía como favores los derechos que correspondían por ley, aunque la ley en este país de ladrones no la cumpla ni Dios, o mejor dicho, ni Dios que tenga dinero. Eso, si eras sumiso y no protestabas por que sino ni favores te vendía.

Ya no aguantaba más. Llevaba 10 años de trabajo de mierda en mierda de trabajo. Desde que empezó de becario con su título de licenciado reluciente y sus ganas de comerse el mundo, trabajando 10 horas al día sin cobrar un duro, hasta hoy en día que trabajaba 10 horas al día cobrando 800 € y con un mísero contrato de esclavo por ETT. Se acabaron los buenos tiempos en los que estaba igual de explotado y puteado pero por lo menos tenía un contrato de obra y servicio por la empresa. Por obra que nunca finalizaba y en la que nunca había trabajado, pero al menos era un trabajador en plantilla. Ya se sabe que hasta entre los galeotes hay clases.

Había finalizado su contrato hacía una semana, después de cinco años en la empresa, los tres últimos de ETT. Prometiéndole que pronto se estabilizaría su situación y vendiéndole la moto de “contamos contigo” y “aquí hay muchas posibilidades de futuro para un joven con ganas de trabajar”. Le ofrecieron continuar un mes más como ETT, hasta que se estabilizara la coyuntura económica, ya sabes, “está la cosa difícil, la competencia china, el precio de petróleo,..pero contamos contigo”.

Él le respondió que la coyuntura económica se la pasaba por el forro y que se metiera el contrato de un mes y el precio del petróleo por el culo. Al jefe no le sentó muy bien el comentario sarcástico e interpretó que no quería seguir vinculado a la empresa. Y así estaban las cosas,  él de nuevo en el paro y la escopeta de posta de su padre colgada en la pared del comedor.

Sabía que con un poco de valor podría mejorar este mundo de mierda. Aportar su granito de plomo. Era hora de que hiciese algo por los demás y por él mismo, y no estaba pensaba en meterse en una ONG precisamente.

Lo criticarían, sería un incomprendido, la vergüenza de la familia. Dirían que en democracia eso es inadmisible, que hay otra forma de arreglar los problemas y hasta es posible que acabase en la cárcel. Eso si lo llegaban a pillar, claro.

Lo había pensado muchas veces. Cada vez que iba a trabajar, cada vez que abría un periódico, escuchaba la radio o veía el telediario. Lo había pensado cada vez que un amigo le contaba sus condiciones de trabajo, cada vez que algún político demagogo y ávido de poder escupía su discurso nauseabundo de promesas, mentiras y engaños. Cada vez que oía hablar de conciliación laboral, de las 35 horas y del Estado del Bienestar, donde no está bien ni Dios. Cada vez que sentía esa acidez en el estómago que la bilis, la impotencia, la rabia  y la mala ostia le producía. Esta vez lo tenía decidido y lo haría.

Cogió la vieja escopeta del viejo, la limpió y la engrasó. Después, con la delicadeza de un artesano metió dos cartuchos de posta para jabalí en cada uno de los cañones superpuestos del fusco. Abrió el arma y la metió en una bolsa de deporte. Después bajó al garaje,  cogió en el trastero el traje de aguas que le habían dado cuando fue a limpiar el chapapote de un Gobierno de caza y se montó en el coche. Condujo dos km hasta el barrio donde vivía su jefe. Aparcó en la calle trasera del edificio. Caminó tranquilo hacia el portal, cerciorándose de que nadie se fijaba en él. Llamó al telefonillo  y haciéndose pasar por repartidor de pizza se coló en el portal.   

Solía regresar a casa a las 9. Era de esos jefes que le gustaba salir el último para que el personal lameculos se sintiese obligado a hacer más horas y “arrimar el hombro”, aunque la pasta siempre se la arriman los mismos. Se puso el traje de aguas y  lo esperó oculto en la oscuridad de la escalera. Vio su oronda silueta acercarse al portal y abrir la puerta. Cuando el infeliz se giró para encender la luz se topó con una sonrisa gélida que le vigilaba desde la oscuridad.

-¿Qué haces aquí? Preguntó el hombre sorprendido.

-Vengo a devolverle el finiquito, jefe.

Ambos se miraron fijamente a los ojos y sin palabras le dijo lo que tantas veces le habría dicho. La siguiente en hablar fue la escopeta del 12 que tenía entre sus manos.

Bum, bum!!. Una cruz en el pecho y otro en la frente. Y como un saco de patatas inerte cayó al suelo, dejando un reguero de sangre y un graffiti rojo en la pared. Al verlo así tirado en el suelo, con el cuerpo extrañamente desconjuntado le recordó a aquellos llaveros de esqueletos que conseguía de niño en el puesto de tiro de las fiestas del barrio. 

Es curioso, todos nacemos igual pero a la hora de morir no todos morimos igual. Unos mueren con dignidad, otros rogando y suplicando. Algunos mueren resignados, como esperándola, normalmente los que ya no tienen nada que perder ni ganar en esta vida. Otros, en cambio, mueren con cara de imbéciles, sin llegar a entender como les puede estar pasando esto a ellos, tan ricos, tan poderosos. Ellos que se creían por encima de todo.

Pero a veces las cosas se tuercen y no salen como lo has planeado. A veces quedan cabos sueltos o das con alguien que no es tan flexible como quiere el mercado, o que simplemente tiene un mal día y entonces ocurre que te puedes encontrar en el suelo sangrando como un cerdo con las tripas fuera,  cuando tu mayor preocupación era elegir que modelo de BMW ibas a comprar.    

Se quitó el traje de aguas salpicado de sangre, y lo guardó en un saco de plástico, después metió la escopeta y el traje en la bolsa de deportes y salió a la calle. Detrás se oían voces que bajaban por la escalera. Miró hacia el cielo gris que amenazaba lluvia, sintió el brillo de la luna que se colaba entre las nubes. Echó un vistazo al reloj, las 9.15h, 11 de noviembre.

-Coño, 11 de noviembre, San Martiño…

Fin

Por Pompeo Harriman

 


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Published in: on Novembro 15, 2007 at 7:18 pm  Deixar un comentario  

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